Mordaza autostopista adolescente

Aunque es bulliciosa, caótica y con un ritmo de vida trepidante, la experiencia de estar en sus calles vale muchísimo la pena. Famosa por ser uno de los principales centros de peregrinación del país, esta ciudad ofrece a los turistas la siempre placentera experiencia de bañarse en las aguas del río Ganges, en cuyas orillas también se pueden apreciar numerosos ritos funerarios de la tradición hinduista.

La primera de ellas tiene 12 millones de habitantes y allí puedes toparte con rascacielos de hormigón o con museos autóctonos. Destacan también los jardines colgantes de Malabar Hill. Allí puedes disfrutar de playas, agua clara, bosques de jaca y hasta de una ruta por las Montañas Azules, las cuales dan lugar a las maravillosas cataratas de Athirapally. Publicado por Vanessa Brewster en Dejando aparte las cuestiones políticas, el asunto nos retrotrae a la vieja cuestión del orden del adjetivo en español.

Pero en " políticos presos ", el sustantivo es " políticos " y el adjetivo, " presos ". El cambio de significado es tan espectacular que suele provocar trifulcas políticas. Las presuposiciones son aquellas cosas que no se explican en un texto porque se confía -se presupone- que todo el mundo sabe lo que significan. Completamos este post con las aportaciones del Prof. Charles Fillmore y George Lackoff son los principales estudiosos de la teoría de presuposiciones , implicaturas e inferencias.

Todas juegan con la connotación y la figuración. Despues de ser perseguidas por la policía, y acorraladas cerca del Gran Cañón, toman una dura decisión. Publicado por titaMC en Brad pitt , louise , Oscar , pelicula de carretera , thelma.

Cuando éramos pequeños y alguien decía esa palabra, solíamos pensar en personajes como Superman , Spiderman , Batman Esos grandes superhéroes que luchan contra temibles villanos y siempre vencen.

Pero cuando crecemos, comenzamos a pensar en médicos, grandes científicos, personas que luchan por lo que creen Lo hacen gratis, por amor. Amor a sus hijos. Nuestra madre tiene que cargar con nosotros durante nueve meses, a excepción de los que vienen con prisa. Le provocamos vómitos, dolor, malestar Vamos, que casi viven por nosotros.

Luchan contra los monstruos de los armarios, de debajo de las camas Incluso los que se ocultan en la oscuridad. No sé cómo lo hacen, pero siempre acaban venciendo. Luego, cuando crecemos, tienen que soportar nuestros cambios de humor adolescente, nuestros enfados, corazones rotos y problemas que ni los propios jóvenes entienden Eso sin mencionar que cada vez que nos vamos de viaje, salimos de noche Pasan algunos de los peores momentos de sus vidas.

No saben si estamos bien, temen que nos pueda ocurrir algo. Vamos, que se pegan la vida estresados y preocupados. Aunque eso no es lo mejor de todo, sino que a pesar de que nos enfademos con ellos, les gritemos o les digamos que no nos entienden, ellos no dejan de querernos. Eso sin mencionar que la mitad de las veces no les damos ni las gracias por todo lo que hacen Sin duda alguna, ser padres es un verdadero reto.

Un trabajo para el que no existe un grado medio, superior No hay una facultad de padres. Nadie va a venir a enseñarte. Es algo que nace desde dentro. Y una vez que lo tienes, solo puedes intentar dar lo mejor de ti, por el bien de tu hijo. Ya no pueden hacer todo lo que les gustaría porque tienen que cuidarnos hasta que seamos capaces de hacerlo por nosotros mismos.

Se aseguran de que han hecho todo lo posible para que nuestro futuro sea feliz. Sin embargo, nuestros padres no son perfectos, y quien diga lo contrario miente. No existe la perfección. Ni siquiera para los héroes. Aunque eso es precisamente lo que los hace tan especiales, que a pesar de todos sus errores siempre intentan hacer lo mejor por nosotros, a pesar de que no sea la mejor opción para ellos.

Siempre seremos lo primero. Incluso que no anden por ahí en mallas ceñidas y salvando al mundo con sus poderes. Pero eso no les quita lo valiente. Por todo a lo que renuncian. Pues no hay mayor poder que el amor. Todo muy bonito, emotivo, entrañable. Como algunos alumnos me han dicho que les gustaron mis palabras, las pongo aquí para que queden de recuerdo de un gran día y de una gran promoción.

En este tiempo, os he dado clase de Lengua, de Literatura y, a veces, hasta de conversación sobre la actualidad o sobre las cosas de la vida. Sobre lo humano y lo divino. A Bélgica, a Madrid.

Hemos ido juntos a ver obras de teatro. Os he enseñado y me habéis enseñado, así que para mí es muy gozoso estar aquí, ahora, dirigiéndoos unas palabras en este momento final de vuestro paso por el instituto. Como soy profe de Lengua, hay tres palabras que quiero destacar aquí y ahora, ante vosotros y vuestras familias, ante vuestros profesores y amigos. El proyecto es lo que nos impulsa hacia adelante, el que hace que encadenemos nuestras acciones de un modo coherente, para lograr un determinado fin.

Es así como se consigue llevar adelante el proyecto. Y el proyecto es el que nos permite conquistar el futuro. Sin él, no podemos seguir. Así que, adelante, buen proyecto y buen camino. Lo que os salga de dentro, lo que os satisfaga a vosotros, no a las personas que os rodean. Debéis pensar en vosotros mismos, no en las cosas que la sociedad o el mercado o el sursum corda dicen que tienen salida.

Pero sobre todo debéis escucharos a vosotros mismos. Y ella es la que hace posible que cada uno de nosotros demos lo mejor de nosotros mismos. Sin vocación, los proyectos se derrumban. Pero no lo digo en sentido escolar, que es al que estamos acostumbrados, sino en sentido filosófico y vital.

Necesitamos una cultura de la evaluación. Evaluar cuanto hacemos, hacer un balance de resultados entre lo que hemos pretendido y lo que hemos alcanzado. Gracias a la evaluación, podremos reequilibrar nuestro proyecto, adaptarlo, reajustarlo, cambiar el rumbo si es preciso. La evaluación tiene mucho de crítica exterior e interior.

Es crítica, pero también autocrítica. No podemos pasarnos la vida echando la culpa de cuanto nos sucede al mundo, a los otros o a la fatalidad. Es necesaria una actitud de revisionismo constante. Y aceptar los propios errores. Se lo pasa de una mano enguantada a la otra, antes de volver a guardarlo en el cajón del aparador.

Al volver a la puerta, descorre los cerrojos de seguridad, se pone los zapatos y luego el impermeable. En el pasillo, fuera del apartamento, titubea. Avanza a hurtadillas por el pasillo y sale al rellano. Cierra la puerta tras de sí con un golpe seco. Ya en la calle, con las manos enguantadas bien hundidas en los bolsillos, se esfuerza por caminar de manera normal, con la cabeza gacha.

A seis o siete manzanas del apartamento de la chica muerta, logra quitarse uno de los guantes dentro del bolsillo y con la mano libre le hace señas a un taxi. Le indica su destino al taxista y se sorprende al oír el tono tranquilo de su propia voz. En el dormitorio, en el que casi todo era de color blanco, Kate se quitó las pantuflas, sintió la tentación de tumbarse en la cama de matrimonio -una isla mullida con un edredón de plumón puro y una docena de almohadas de encaje blancas y color hueso-, pero sólo le quedaban treinta minutos antes de reunirse con su vieja amiga Liz Jacobs.

Kate se vio reflejada en el espejo de cuerpo entero de la puerta del armario. Un recuerdo a lo Proust: En el baño, se aplicó un pintalabios casi incoloro y observó en el espejo la cara de la mujer en la que se había convertido.

Pero eso fue en otra vida, una vida que prefería olvidar. Nunca había tenido intención de ser poli, aunque lo llevaba en la sangre: Kate decidió estudiar historia del arte en la universidad, pero tras cuatro años sentada en salas oscuras contemplando diapositivas de cuadros famosos, una legión de trabajos diseccionando obras de arte, deconstruyéndolas, como suelen decir, memorizando fechas y términos -arbotantes, arrepentimientos, frescos, glacis-, después de todo eso, no había surgido ni un solo trabajo para la estudiante de arte becada por la Universidad de Fordham.

Tras seis meses de trabajo temporal, mecanografiando y rellenando cartas anónimas, pensó: Dada su preparación, Kate nunca tuvo que patrullar y, por supuesto, le tocaban todos los casos relacionados con el arte, pero hasta que no le asignaron a Niños Desaparecidos -terreno que los hombres le cedían alegres- no se entregó de lleno al trabajo.

Tras una década de niños a los que no pudo encontrar ni salvar se sintió al borde del colapso. Gracias a Dios, Richard Rothstein le ofreció una segunda oportunidad: Nadie, y mucho menos Kate, se habría imaginado que esta chica huérfana de Astoria presentaría una serie televisiva basada en su libro, celebraría fiestas para candidatos a gobernador, directores ejecutivos y estrellas del cine en su apartamento de San Remo. Se cambió las pantuflas por unos zapatos de salón y se puso una chaqueta ligera.

Podría decirse que las cabezas giraron tanto como la de la niña de El exorcista cuando Kate entró en el bar del hotel Four Seasons y vio, en el otro extremo del local, a su amiga Liz, medio oculta por el ejemplar de ese mes de la revista Town and Country, en la que aparecía la cara de Kate delante de un cuadro abstracto con una leyenda que rezaba: Si se hubieran molestado en contar algo de mi triste y patética juventud, tal vez no habría dado la impresión de ser una famosilla estirada y ricachona.

Kate se inclinó hacia ella, la besó en ambas mejillas y luego, con su garbo natural, se sentó con las piernas cruzadas en una silla de mimbre de respaldo alto. Se fijó en los pómulos pecosos de su amiga, en la falta de maquillaje y de afectación, le sonrió afectuosamente y pidió un martini al camarero de esmoquin cuando éste colocó un ginger ale frente a Liz. Exhaló una columna de humo, la observó romperse y desaparecer. A veces toda su vida le parecía tan ilusoria como ese humo: Un brindis por mi mejor amiga.

No me tomes el pelo, Liz Jacobs. Pero, querida, el FBI no me envió, y siento decirlo, para salir contigo, aunque, desde luego, eres la guinda del pastel. Ruby Pringle, alias Judy Pringle. Doce a ñ os. Ruby Pringle parece clavarle la mirada. Piernas y brazos extendidos, esmalte de u ñ as blanco, estropeado, piel del color del papel de prensa. Un cable de tel é fono enrollado con tanta fuerza alrededor del cuello que se hunde en la carne. Los vaqueros arrugados a la altura de los tobillos.

El olor de la muerte de Ruby Pringle es indistinguible, mezclado con los trozos de pizza mohosos, caf é molido, peladuras de verduras y leche agria. La agente de homicidios Kate McKinnon sabe que no debe tocar nada de la escena del crimen, pero no puede contenerse. Le sube los vaqueros a Ruby Pringle hasta la cintura, se aleja a trompicones del contenedor de basura, observa con los ojos entornados el neblinoso sol de mediod í a, intentando borrar de la retina la imagen de la ni ñ a muerta.

Entre el libro, la serie de televisión que, gracias a Dios, se ha acabado y el trabajo para la fundación -Kate dejó escapar un suspiro- no tengo tiempo ni para mear. Pero eras muy educada. Richard va a dejar su trabajo de abogado para ayudarme a clasificarlas. Encima ahora ha aceptado varios casos especiales en la ciudad. Cuando llega a casa antes de medianoche, es como un perro apaleado.

Sabes perfectamente, Liz Jacobs, que a Richard y a mí nos criaron en la misma asociación protectora de animales. Por supuesto, cuando Richard quiere es sexy y… bueno, da igual.

Los dos van a la universidad. Suerte que las inversiones de su pésimo padre salieron bien. Deberías sentirte orgullosa de ellos.

Oh, no debería haberlo dicho…. Kate recordó el primer año en el cuerpo; todavía veía lo mal que le quedaba el uniforme, los pantalones se le fruncían en la cadera y la camisa azul, pensada para un hombre, se le ceñía en el pecho. El recuerdo le hizo sonreír y luego suspiró. Esta noche me tocan los manuales del ordenador. Ya no sé ni lo que es vivir. Y, déjame que lo adivine… te refieres a Willie y a Elena.

Es todo un acontecimiento en el mundo de las artes. Todos esos engreídos estaban fascinados. Y el conservador jefe, Schuyler Mills, proclamando la brillantez de Elena; sin duda alguna, un hombre de gran gusto y entendimiento. Incluso el viejo aburrido y presuntuoso, el nuevo presidente del consejo de administración del museo, Bill Pruitt, se mantuvo despierto, hazaña nada desdeñable para un hombre que solía roncar durante los recitales poéticos y las charlas de los artistas en el museo.

En cuanto al joven conservador, Raphael Perez, el tipo no podía apartar los ojos de Elena. La chica era muy guapa. Has hecho un trabajo excelente con esos chicos, Kate. Esta vez le tocó a Kate esbozar esa sonrisita que ocultaba el estallido de orgullo.

Sí, era cierto, había tenido mucho que ver con el trabajo de los chicos. De acuerdo, no eran sus hijos biológicos. Ni siquiera niños adoptados. No, con Elena y Willie nunca había ocurrido nada semejante.

Oh, claro, se habían producido algunos encontronazos, pero nada de lo que no se hubieran reído después o hubieran superado incluso llorando. Y, sí, lo serían. Por favor, por favor, por favor, adóptame. Seré buena, limpiaré la habitación, me lavaré los dientes. Kate se rió, rebuscó en el bolso, sacó la cajetilla de Marlboro; en el lateral había un parche de nicotina arrugado.

Pero Kate había dejado de reírse. Sostuvo la fotografía junto a la lamparilla, en el centro de la mesa. La imagen era borrosa y los colores un tanto desvaídos. Durante unos instantes, Kate sintió algo que no había sentido en años; algo que Kate, la agente de Homicidios, solía sentir cuando sabía que andaba tras la pista de algo o cuando sabía, aunque intentara negarlo, que era imposible, que se había acabado… que el niño que había estado buscando estaba muerto.

Intentó que esa sensación no le afectase. O, seguramente, Lucille, la asistenta. Kate volvió a guardar la fotografía en el bolso y trató de olvidarse del asunto-.

Lo digo en serio. Tenemos habitaciones que nunca usamos. Me harías un favor. De todos modos, Kate, no encajo en tu mundo. En el fondo, jovencita, somos tal para cual. Y esta blusa naranja es cien por cien poliéster. Y no me mientas… he visto tu armario. Las llaves de mi humilde apartamento. Entra y sal cuando quieras. Gorronea la comida de la nevera. Incluiré a Richard en la oferta. Acuéstate con mi sexy marido. El salvapantallas del ordenador, varios signos de dólar parpadeantes -un regalo divertido de un cliente-, irradiaba una luz verde iridiscente sobre las pilas de expedientes legales, declaraciones juradas y cartas que se elevaban sobre el brillante escritorio Knoll de Richard Rothstein como el modelo a escala de un complejo de apartamentos de muchas plantas.

A él se lo parecía. El otro día, al verla en acción en el Museo de Arte Moderno, dando una charla sobre el arte minimalista y conceptual, no pudo evitar pensar: Soy el afortunado que se marcha a casa con ella. Entonces apareció el profesor de estudios afroamericanos de la Universidad de Columbia, a quien acusaron de discriminación inversa por sus polémicas conferencias, sobre todo las que presentaban un desagradable sesgo antisemita.

Por supuesto, nadie quiso saber nada del caso. Incluso la Unión Americana de Derechos Civiles había dudado. El caso estuvo seis meses en las noticias nacionales: Gracias a esa maniobra legal Richard recibió sus honorarios habituales y una prima de siete cifras, que él y su socio, especializado en el sector inmobiliario, invirtieron en una serie de propiedades de la zona entonces deprimida de Nueva York.

Al cabo de unos años, con la bonanza económica, las vendieron a una promotora ansiosa y las siete cifras de Richard se cuadriplicaron. Poco después Richard se ocupó de un caso poco importante que ofrecía una prima distinta: La relación no comenzó de verdad hasta dos meses después del juicio… Richard tuvo que armarse de valor.

Pero la agente McKinnon era algo nuevo para el apuesto abogado. A Richard le encantaba mirarla comer cualquier cosa, no se parecía en nada a las anoréxicas con las que solía salir.

Eso, y las conversaciones fluidas y el hecho de que no podían dejar de tocarse. Durante la quinta cita -en una pizzería en Queens, que Kate había elegido como antídoto a los restaurantes de lujo-, Richard le pidió que se casara con él y ella dijo que sí entre bocado y bocado de pizza pepperoni. Sí, formaban un buen equipo, él y Kate. Se apartó del escritorio, se reclinó en la silla de oficina de felpa, se masajeó la nuca, pero no logró relajarse.

Unos altavoces cuadrafónicos ocultos invadieron el despacho con un concierto de Billie Holiday. Llegaría tarde aunque saliera de inmediato. Tal vez debería ir a ver a Bill Pruitt. Aunque lo haría por Kate. Ese día, en la reunión del consejo de administración del museo, a Richard le había faltado bien poco para levantarse de un salto, ir hasta el otro lado de la mesa, agarrarlo por la papada y estrangularlo.

Willie movía la cabeza al ritmo de De la Soul mientras se ponía la nueva cazadora de cuero negra. William Luther King Handley Jr. Se vestiría como le diera la gana. De todos modos, se la había puesto con los vaqueros negros de siempre, cuyos dobladillos deshilachados le rozaban las Doc Martens negras. Kate, que era peor que su madre cuando se trataba de la ropa que vestía, de si comía bien o dormía lo suficiente.

Kate, que había escrito sobre él en Vidas de artistas, que se había asegurado de que formara parte de la serie televisiva, que había llevado a su estudio a los primeros conservadores y coleccionistas; y Richard, que había comprado el primer cuadro y lo había regalado, con el visto bueno de Willie, claro. Kate y Richard eran eso. En cualquier caso, nunca había regresado.

El hecho de que los padres de Willie no se hubieran casado no cambiaba las cosas para la madre de Willie, Iris. La fotografía, en un marco dorado de Woolworth, siempre había ocupado un lugar preferente junto a la cama de Iris en la abarrotada casa de vecinos al sur del Bronx que compartían Willie, su hermano, su hermanita y su abuela.

Hacía seis meses que Willie había trasladado a las tres mujeres a un apartamento con jardín privado en un barrio de clase media de Queens, y la fotografía enmarcada se había desempolvado para el nuevo dormitorio de Iris. A Iris el éxito de Willie le había sorprendido. No porque no confiara en su hijo, sino porque no se imaginaba que algo semejante fuera posible.

Willie sabía que ella se enorgullecía de que a él le fueran bien las cosas y vendiera los cuadros por mucho dinero. De todos modos, Willie nunca revelaba los precios exactos que acababan de alcanzar las seis cifras , porque tal vez Iris lo habría interpretado como un gesto orgulloso y poco cristiano, aunque él pensara que nadie podría entenderlo a no ser que hubiera crecido en su familia.

Y estaba Henry, el hermano mayor de Willie. Así es como lo llamaba Iris: Aun así, Henry se las ingeniaba para aparecer cada seis meses por casa de Willie, en busca de dinero para una dosis.

Pero a Willie no le apetecía pensar en Henry. No en ese momento. Las palabras resonaron en el estrecho pasillo del apartamento del Bronx, para siempre asociado con el aroma de lavanda de la abuela y con el desinfectante que la madre de Willie aplicaba por todas partes.

Entonces Willie no supo qué responder, no tenía ni idea, se trataba de un sentimiento. El recuerdo se desvaneció y emergió otro, la discusión que había tenido con Elena hacía apenas unos días. Eso es lo que soy. Es lo que me define. Una categor í a. Uno de los mejores artistas negros. Como si mi arte fuese menos importante, como si hubiera otras reglas o un criterio diferente para los artistas de color, como si no pudiera competir con los artistas blancos en el mundo del arte blanco.

Willie, aunque seguía creyendo que tenía razón, quería hacer las paces. Al fin y al cabo, Elena seguía siendo su mejor amiga, casi una hermana. La vería esa noche y arreglaría el desaguisado. Willie apagó la televisión y se quedó inmóvil, en silencio. Sentía un gran desasosiego, una especie de tristeza incierta por la noche que se avecinaba. Agitó los hombros bajo la chaqueta, intentó sacudirse esa sensación. Fuera lo que fuese, pronto lo olvidaría.

Sin embargo, ya en la calle, mientras se dirigía hacia el East Village, lo notó de nuevo, esta vez como si alguien le hubiera introducido varios microsegundos de una película en el cerebro…. Un brazo surcando el espacio. Un primer plano de una boca desencajada chillando. Todo manchado de sangre. Luego fundido en negro. Su madre, Iris, solía decir que él sentía las cosas antes de que ocurrieran.

Pero hacía muchos años que no tenía una de esas visiones. Demasiados días solo en el estudio. Las bocinas atronaban; un taxista gritaba obscenidades a los obreros que sacaban pacas de restos de género de un camión atravesado en la calle como un tren descarrilado.

Era Oliver Pratt-Smythe, el artista neoyorquino que menos le gustaba a Willie, lo cual ya era decir mucho. Willie y él habían estado juntos en un programa doble en una galería de Londres hacía un par de años.

Willie nunca llegó a saberlo. Tardó varios meses en sacar todos los pelos con unas pinzas. El otro día vi varios caballos casi sin pelo y me acordé de ti.

Lo mezclo con mi saliva y lo extiendo siguiendo formas biomórficas. Llevaré una aspiradora gigantesca, la pondré en medio, la dejaré encendida todo el día, veré lo que aspira y lo expondré como mi arte. Durante unas milésimas de segundo, Pratt-Smythe pareció alarmarse y luego separó levemente los labios para esbozar una sonrisita. Willie se volvió y dejó al otro artista en la esquina entre las calles Prince y Greene, a la caza de alguien al que largarle su curriculum.

En la puerta principal había una nota garabateada y sujeta con cinta adhesiva:. Pensó que Elena tenía que largarse de allí, que el renacimiento del East Village ya era agua pasada. Empujó la vieja puerta de madera y ésta se abrió con un crujido. La tenue luz amarilla de una bombilla iluminaba el vestíbulo.

Willie llamó a la puerta. Kate bloqueó el volante con un dispositivo antirrobo. Richard se enfadaría si supiese que ella aparcaba el coche en la calle, en el East Village, nada menos. Pero para Kate un coche era un coche, y sólo tardaría unos minutos, recogería a los chicos, luego iría a buscar a Richard al Bowery Bar y dejaría el coche en un aparcamiento seguro.

Comenzó a subir las escaleras con paso resuelto, como siempre, pensando en la noche que se avecinaba y en su encuentro con Liz en el Four Seasons. Un vagabundo hallado bajo varias cajas de cart ó n mohosas. Comenzó a subir los escalones de dos en dos, tropezando con los tacones, la escalera se tornó borrosa, el ominoso olor se intensificaba y embotaba los otros sentidos: Pero al final del rellano del tercer piso vio a Willie con claridad, desplomado contra la pared y la cabeza caída hacia el pecho.

Kate siguió su línea de visión hasta la puerta abierta del apartamento. Se volvió, lo miró a los ojos y, en ese terrible momento, lo supo. Se incorporó y dio los pasos necesarios hasta la puerta abierta, luchando contra aquel olor.

Kate se cubrió la nariz con el brazo, se apoyó en una pared, se volvió y vio los oscuros regueros verticales y las manchas de sangre en la otra pared, e intentó despegar los pies de la sustancia viscosa que había en el suelo al tiempo que intentaba ubicar la pierna retorcida que sobresalía por entre el fregadero y la nevera. Y entonces vio el rostro de Elena. El hermoso rostro de Elena… o lo que quedaba de él.

No pensaba mirar, no quería confirmar lo que había visto. Ahora salvo a los niños, no los pierdo. Sintió oleadas de impotencia y desesperación en su interior, y varias explosiones, como pequeños petardos, por todo el cuerpo: Tuvo la sensación de que todos los órganos hacían implosión y explotaban a la vez.

Durante unos instantes, creyó que moriría. Todo estaba limpio y ordenado. Como si no hubiera ocurrido nada en absoluto.

Ni una gota de sangre en el suelo del salón ni en las paredes. No recordaba haberse movido. La colcha de retales estaba doblada al pie de la cama. Había reagrupado las notas, las había pegado y lacrado sobre fragmentos de metal y madera, y luego las había vidriado de forma que pudieran identificarse. Era tan hermoso que Kate rompió a llorar de nuevo, y sintió que el corazón se le hacía añicos.

Tragó saliva, apartó la mirada y se percató de que la reja de la pequeña ventana del dormitorio estaba cerrada con llave e intacta. En la entrada del salón vaciló, y rezó. Porque incluso con el cuerpo hinchado por los gases reconoció el rostro de Elena. Siguió con la mirada los regueros verticales de sangre que había en la pared hasta el suelo, donde Elena se había derrumbado y muerto desangrada. Willie continuó sentado en la entrada mientras Kate terminaba de hablar con la policía por teléfono.

A juzgar por la expresión de Willie, se dio cuenta de que lo estaba asustando. Pero ya había tomado la decisión. No si pensaba hacer algo al respecto. Y ese acto tan horrendo no quedaría impune. No he estado mucho tiempo dentro. De acuerdo, Kate se arriesgaría a mostrarse humana. Cualquier cosa que la mantuviese con vida-. Debe de haber alguien que haya visto algo. En el apartamento del primer piso volvió el anillo de diamantes hacia la palma y llamó a la puerta con el puño.

Las sirenas ya se oían en el exterior del edificio. La anciana tomó la decisión por ella al cerrar de un portazo. Fuera lo que fuese lo que iba a decir era asunto de la policía. El rellano que conducía al apartamento de Elena estaba repleto de polis.

El equipo técnico había descendido como un grotesco ejército de cucarachas gigantescas, infestando todos los rincones. Kate miró por la puerta. Acto seguido, comenzó a inspeccionar bajo la blusa empapada de sangre de Elena, y la fina capa de algodón manchado empezó a agitarse como si un alienígena estuviera a punto de surgirle por el torso.

Kate trató de hacer su declaración sin llorar ni gritarle a un agente tan joven que podría ser su hijo. Al final del pasillo, iluminado por una bombilla que colgaba de una cadena, un hombre uniformado hablaba y se inclinaba sobre otro que llevaba una pajarita.

A juzgar por la actitud del tipo, a Kate le pareció un detective. Kate aguzó el oído para escuchar lo que decía el tipo del uniforme. Kate prosiguió con los hechos: Hac í a dos, no, tres a ñ os. Justo antes de que todo empezara a sonre í rle, cuando estaba dispuesto a darse por vencido, dejar de pintar y buscarse un trabajo de nueve a cinco.

Willie a punto de llorar. Lo que haces es importante, Willie, pintar. Af é rrate a eso. Hab í a revivido la belleza de ese instante en varias ocasiones, cuando se sent í a frustrado y con ganas de dejarlo. Willie estaba inmerso en ese momento perfecto con Elena, intentando desesperadamente aferrarse al mismo.

La manzana se había abarrotado de curiosos. Un par de uniformados los mantenían a raya. Muchos coches de policía, mal aparcados, con las luces encendidas. Tendría que haber insistido para que Elena se largase de ese barrio miserable.

Pero Elena siempre hacía lo que quería. Willie golpeó la pared con el puño y no sintió dolor. Era el tipo que estaba en el rellano superior, con un bloc de la policía de Nueva York, mirando a Willie de hito en hito. Tendría unos treinta y cinco años, con un corte de pelo tipo cepillo, e iba de paisano… si es que llevar una pajarita granate con un estampado de cachemira se le puede llamar ir de paisano.

Soy amiga de la comisaria Tapell. Mientras, no cesaba de chasquear la lengua, como si intentara despegarla del paladar. Jefe de Homicidios, equipo Operativo Especial. Mi especialidad era homicidios y personas desaparecidas. Willie se mantuvo en silencio, mirando a Kate, con una expresión de impacto o conmoción.

Espérame en el coche, Willie. Kate condujo a Mead hasta la entrada del edificio de Elena. Mead chasqueó la lengua como una serpiente cabreada. Ya se lo he dicho. Había quedado con él aquí. Y la chica… -Kate se atrancó durante unos segundos. Sentía las emociones preparadas en los cajones de salida, agitando los talones como unos purasangre inquietos.

Y Elena -dijo con calma- ya llevaba muerta un buen rato. Sé que es su trabajo. Sólo quiero ayudar, explicar varias…. Pero creo que a partir de ahora podré ocuparme de todo. Las manos le temblaron junto a los costados durante un largo minuto.

Pero no perdió la compostura. En realidad, toda esa ira acumulada, a punto de estallar, la asustaba mucho. Logró ocupar las manos con el móvil. Tampoco tuvo suerte con su móvil. Mead aprovechó la oportunidad para largarse a hablar con un par de uniformados, luego se volvió y soltó:. Necesitamos declaraciones de los dos.

Willie no había oído lo que Mead y Kate habían dicho, pero no parecía agradable: Mead había señalado en su dirección y luego había murmurado algo a los dos uniformados. Willie intentó hacerle una seña a Kate, pero ella ya había vuelto a entrar en el edificio.

Willie no tenía ni idea de lo que hacían dentro. Willie puso en marcha el coche de Kate, encendió la radio y buscó algo con lo que distraerse. Babyface, cantando suavemente una ñoña balada de rhythm and blues sobre hacerse padre. Aquello bastó para que Willie pensara en el padre al que nunca había conocido. Willie nunca se lo preguntó a su madre -ella no tenía ni idea de dibujar-, pero suponía que de alguien lo habría heredado.

Le sobresaltó el ruido de un teléfono de la policía. Un poli en un coche patrulla, junto a él, ofreciendo los detalles:. Cada vez que ella se estira para ver mejor la escena del crimen, le clava en el muslo el bolso de paja.

Justo entonces, Kate sale por la puerta y, en silencio, casi imperceptiblemente, salvo para él mismo, jadea. Retrocede un par de pasos y deja que la muchedumbre ansiosa de emociones le haga de escudo. Kate le dio una calada al Marlboro, con los ojos puestos en la multitud, pero sin mirar.

Como cuando se acciona un interruptor, la nube se alejó de los ojos de Kate. Recorrió la multitud con la vista. Pero ya era demasiado tarde. Él ya ha desaparecido, la muchedumbre lo ha engullido. Ya no la ve. Pero no pasa nada. Tiene que ponerse en marcha. Si supiera lo que le espera. Vas a gastar la batería. Willie abrió la boca como para decir algo, pero no articuló sonido alguno. Parecía que rompería a llorar de un momento a otro. Una parte de ella tenía ganas de abrazarle y llorar durante el resto de su maldita vida.

Pero no podía correr ese riesgo. No en ese momento, no delante del edificio de Elena, rodeados de una docena de coches de la policía y tres docenas de polis. Y no si pensaba investigar lo suficiente como para obtener algunas respuestas. Algo que tengo que… necesito hacer. Llamaré a Richard y le diré que vaya a buscarte a la comisaría. Límpiate la sangre de las zapatillas. Si había algo que no soportaba eran las cosas fuera de sitio, sobre todo uno de sus queridos cuadros.

Por aquel entonces estaba en el consejo de administración del museo y consiguió un precio excelente porque el museo necesitaba dinero con urgencia. Por Dios, ni que hubiera colocado dinamita en la planta baja del museo.

Se rió y agitó la mandíbula. Se rió porque suponía que la mayoría de las personas pensaba que el estirado era él. Un gusto ecléctico, eso era lo que él tenía. Tardó un par de minutos en quitar la cinta de embalaje con sus dedos torpes; otro minuto para la protección de burbujas. Los ojos se extasiaron con el delicado grabado que había en el fondo de pan de oro que rodeaba las cabezas de la Virgen y el Niño. Esta vez había sido una pequeña rectoría de la Toscana la que estaba necesitada de dinero.

La pena era que los aguafiestas de las autoridades italianas ya no consintiesen la venta de las antigüedades del país. Claro que ése era su problema. Pruitt se acomodó en la silla giratoria de cuero, le dio una calada al habano liado a mano y exhaló varias nubecitas de humo hacia el techo enlucido y ornamentado de su sala favorita: Era una estancia masculina, todo en cuero oscuro y caoba.

Al principio, le había gustado su actitud agresiva. Pero no duró mucho. Pruitt apreciaba el esmero, la atención al detalle. Ya nadie tenía principios. No a corto plazo, eso lo tenía claro. Todavía no había decidido qué haría con él, conservarlo o… Bueno, ya se vería. Se puso de pie, sintiendo el efecto de los dos o tres martinis diarios, el foie-gras al menos una vez por semana, las trufas negras cuando era temporada, blini y caviar con la mayor frecuencia posible. Se aproximó para observar las venas rojo azulado que se entrecruzaban en el extremo de su protuberante nariz.

Se había entretenido demasiado con el retablo y cavilando sobre su peso y ya no le quedaba tiempo para darse un baño. Bueno, ya se bañaría cuando volviera a casa. Esa noche le esperaba la marcha desenfrenada en el Dungeon.

Se moría de ganas de que llegara la hora. Y ya era hora, sobre todo teniendo en cuenta que Pruitt le había hecho la vida imposible en el museo desde que la habían nombrado presidenta del consejo. Ahora podría elegir al director, que, desde luego, no sería Perez, ese hispano arribista, ni tampoco Schuyler Mills. A Pruitt le daba absolutamente igual que Mills hubiese trabajado diez, veinte o dos mil años de conservador.

Su buen amigo el senador Jesse Helms estaba metido en algo, eso seguro. Pero Pruitt no estaba allí por eso. Tras terminar el nudo Windsor de la corbata de Yale, observó su sonrisa de satisfacción reflejada en el espejo del antiguo armario de nogal. Se ajustó la corbata debajo de la papada.

Sí, a veces la vida era dulce. En la sala de interrogatorios gris y sin ventanas uno perdía la noción del tiempo. Kate consultó la hora. Casi las diez de la noche. Kate tenía la sensación de que el tiempo se había roto, de que ese día dividiría su vida en dos partes: No obstante, logró hacer lo que se le exigía: Durante unos instantes, le sobresaltó su propia imagen.

Después de todo, ése había sido su papel durante diez años, la poli al otro lado del espejo, juzgando, observando cualquier gesto, sopesando la culpabilidad o inocencia de alguien.

Se sentía desplazada, alienada y, al mismo tiempo, extrañamente a gusto. Conocía a la perfección la vida en comisaría, la teatralidad, la mezquina competitividad por el poder, el compañerismo de los días buenos frente a los malos.

Y, no obstante, en aquellos instantes, todo aquello, incluidas las anodinas paredes beige y los malditos fluorescentes, le resultaba… tranquilizador. Podría haber sido la vieja comisaría de Astoria. Otro vistazo al espejo. Kate se miró con aires de complicidad.

Sólo tenía que quitar la primera capa para que todos vieran la verdad: Era imposible que sospechasen de ella. Formaba parte de la rutina. Así se hacían las cosas. Siempre se habían hecho así: Pero ya estaba harta. Pero es hora de que Willie y yo nos vayamos a casa.

Ha dicho que llegó al apartamento de la víctima a eso de…. Ya he respondido todas esas preguntas. Le agradecería que la leyera y así todos nos ahorraríamos bastante tiempo. Soy yo, Kate Rothstein. Siento llamar tan tarde, pero… Oh.

Ya lo sabes… -Se le apagó la voz-. Sí, estoy aquí, en la comisaría de la Sexta, respondiendo preguntas. La comisaria Tapell quiere hablar con usted. Tapell dice que debería ir a verla de inmediato. Al cabo de unos minutos estaba dentro de la casa, esperando, observando las estanterías de suelo a techo llenas de revistas de derecho, monografías y todos los libros de criminología habidos y por haber.

A Kate le parecía que la librería encajaba perfectamente con Tapell. Ya en Astoria, cuando Tapell dirigía la comisaría y Kate era una de las polis, Tapell se entregaba en cuerpo y alma al trabajo.

Las dos habían congeniado de inmediato. Para entonces, Kate ya había abandonado el cuerpo y había comenzado a mover los hilos en el círculo de élite de Nueva York, en el que figuraba el alcalde. La puerta del despacho de la comisaria se abrió. Dos hombres corpulentos con trajes que les quedaban mal -detectives, supuso Kate-, flanqueaban a la comisaria. Kate observó las dimensiones esculturales de Tapell como si fuera la primera vez que la veía: Aparte del pintalabios marrón rojizo que destacaba sus labios esculpidos, resultaba difícil discernir si llevaba maquillaje o no.

Hizo un gesto con la cabeza a los agentes, quienes se marcharon de inmediato-. Han disparado a un hombre que estaba en una cabina telefónica desde un coche en marcha, en la parte alta de Madison Avenue, nada menos.

Kate, siento mucho lo de… tu Elena. Y también lo siento si la policía te ha hecho pasar un mal rato. Hablaré con Randy Mead. Tapell se dispuso a replicar, se lo repensó, cruzó la habitación, pasó la mano por el revestimiento de paneles de madera. Al volverse, tenía el rostro desdibujado por el dolor.

Y muy buena, joder. Pero eso fue hace mucho. Kate cerró los ojos, intentó visualizarlo de nuevo -la habitación sobria, los cojines en el suelo, el cuerpo de Elena-, pero en esta ocasión la imagen no se presentó. Me apegué a la mitad de los niños desaparecidos a quienes encontré, y lo sabes. Y en esta ocasión también tengo una intuición. Hazte un favor, Kate. Vuelve a casa con tu maravilloso esposo y dile que la comisaria ha prometido ocuparse de todo esto… y lo haré.

Vete a casa, Kate. El hielo del segundo vaso de whisky escocés de Richard Rothstein se había derretido. Miró la esfera iluminada de su reloj: Se preguntó si en el restaurante le habrían dado su recado a Kate, y si ella estaría molesta. Seguramente, le habría llamado al móvil, el que estaba recargando en esos momentos porque la batería se había agotado hacía unas horas. Se acercó a las ventanas. Abajo, en alguna parte de Central Park West, resonó una sirena.

Al otro lado del parque, los tejados abuhardillados y ornamentados de los hoteles de la Quinta Avenida dibujaban una geometría caprichosa contra el cielo oscuro. De todos modos, sabía que aunque Kate estuviera enfadada con él le perdonaría que no hubiera acudido. Kate, pensó, le perdonaría casi cualquier cosa. Se desmoronó sobre su esposo sin dejar de sollozar.

Richard dejó que llorara. Durante todos los años que habían vivido juntos, casi nunca la había visto llorar. Pero ni siquiera entonces de este modo. Pasaron otros diez minutos antes de que se calmara y le explicara el encuentro con Tapell.

Richard la miró con incredulidad mientras se dirigía hacia el bar de caoba tallado a mano. Se pellizcó el puente de la nariz y frunció el ceño. Voy a necesitar todo tu apoyo. Richard vaciló durante unos instantes, luego cerró sus dedos en torno a los de Kate. Se mantuvieron en silencio bajo la tenue luz del salón, y entonces Kate recordó que había estado intentando localizarlo durante varias horas.

Por Dios, lo siento mucho, cariño. Si lo hubiera sabido…. Entonces volvió a ver la cara de Elena, destrozada, abotagada. Kate se dejó caer en la enorme cama blanca y cerró los ojos.

En ese caso había errado por completo. Dos terribles días en los Hampton. Kate nunca sabría cómo era posible que Richard la hubiera convencido de que le vendría bien marcharse unos días y pasear por la playa paradisíaca enclavada junto a las dunas de su casa de East Hampton. Cuando no estaba llorando, la cólera la consumía. Mierda, conocía perfectamente el valor del tiempo en la investigación de un asesinato.

Aunque Richard había insistido en que poco o nada podría hacerse durante el fin de semana, a Kate le preocupaba que, a pesar de la promesa de Tapell, nunca se hiciese nada. Después de que Richard se hubiera marchado al despacho -ella le había asegurado que estaría bien-, Kate había comenzado a organizar su pequeño estudio, apilando de forma metódica los documentos que habían estado esparcidos por el escritorio de madera de estilo Biedermeier.

Primero, la investigación sobre historia del arte. Copias impresas de todas las conferencias que había dado, decenas de reproducciones con notas escritas a mano, revistas de arte, publicaciones periódicas y revistas, y cientos de postales de arte. Gracias a Dios que tenía el armario archivador. No es que pensara organizar todo aquello, pero al menos era un lugar idóneo para guardarlo. Todo aquello parecía completamente absurdo.

Tiró los papeles a la papelera de plata antigua, uno de los muchos regalos que Richard le había hecho cuando montó el estudio. Kate cerró los ojos e intentó reconstruirla, pero fue en vano.

Sin duda alguna, habría nuevos hallazgos, nuevos estudios. Suficiente para llenar la biblioteca del Congreso. Este fin de semana he hecho varias anotaciones sobre lo que vi en la escena del crimen de Elena.

Tal vez fue un intento de violación. Kate le dio las gracias a su amiga, colgó, rebuscó el tabaco en el bolso y encontró una cajetilla vacía. Esta vez, Kate la observó con detenimiento. Elena con birrete y toga, Kate a su lado; el día de la graduación del instituto, hacía cinco, no, seis años.

De hecho, Kate creía que tenía una muy parecida. Intentó recordar aquel momento frente al Instituto George Washington. Richard tomó la fotografía. Elena le envió una copia.

Entonces, la que tenía en la mano debía de ser la original. Habían aplicado una película fina, del color de la piel, sobre los ojos de Elena de modo que parecía tenerlos cerrados, como si estuviera ciega, muerta, como un cuadro surrealista y espeluznante de Dalí. Kate, como si hubiera recibido una descarga eléctrica, dejó caer la fotografía. Sin embargo, a los pocos segundos la estaba mirando de nuevo con una lupa. Una obra minuciosa y detallista.

Algo que debería analizarse en el laboratorio, aunque ahora las huellas dactilares ya se habrían emborronado. Sintió un escalofrío, como si una araña se arrastrase por su brazo. Kate sabía que algunos psicópatas sentían la necesidad de participar: No he dejado de dar vueltas en la cama todo el fin de semana. No he pegado ojo. He acabado con mis existencias de Valium. Estoy hecha un desastre. A Kate le apetecía decirle: Ésa es la Kate que conozco. Sabes que odio molestarte en un momento así, pero tenemos que atar un par de cabos sueltos.

Blair tenía suerte de que Kate no se le tirara a la yugular. Incluso apoyado en un bastón aquel hombre era inconmensurable. De casi un metro noventa, el pelo completamente cano y ojos azules. El elegante traje de lana era inglés, los zapatos italianos, pero su pasado -hijo de un arrendatario pobre aficionado a construir aviones de modelismo que al hacerse mayor fundó una empresa de construcción de aviones y amasó una fortuna- era del todo americano.

Sin embargo, Arlen James no era un capitalista al uso. Tenía conciencia y la ponía a trabajar. El lunes por la mañana ella acudió al despacho de James. Bueno, varios, Michael Jordan, pero a la mayoría de los niños aquella pregunta les desconcertaba. Hacerse grande ya era un auténtico reto. Por supuesto, Willie respondió. Kate esperó mientras la niña de doce años y ojos oscuros le daba vueltas a la respuesta. Al final del día, había convencido a Richard para que adoptase a la clase entera, para ayudar a todos y cada uno de ellos durante el instituto y, con suerte, también en la universidad.

La decisión cambió para siempre la vida de Kate. Arlen James la rodeó con el brazo y Kate se sintió segura. Pero ése era todo el consuelo paternal que era capaz de aceptar. Los recuerdos de su propio padre la acosaron, las pataletas, las palizas. No quería pensar en eso en aquellos momentos. Arlen asintió, aunque a Kate le preocupaba que no estuviera tan bien como aparentaba. Varias visitas recientes al médico y conversaciones sobre un marcapasos le habían hecho recordar, no sin dolor, la edad de Arlen, y el hecho inevitable de que ese hombre al que tanto quería no dirigiría la fundación eternamente.

James comenzó a toser y las venas de la frente formaron un relieve sobre el rostro enrojecido. Y no soy multimillonario, por todos los santos. Una de esas historias de Buscando al Sr. La mujer elige a un hombre. Eso no es todo. Una fuente policial no identificada ha sugerido que la fundación benéfica ha intervenido para proteger a uno de los suyos.

Pero no, era verdad. En primera plana, nada menos. Quienquiera que dijera que una cultura recibe lo que se merece no andaba desencaminado. Sabía que no debería comprarlo, pero, qué diablos, ya le habían fastidiado el día. Debajo del titular rezaba: Tres fotografías con mucho grano: Sin embargo, la verdadera sorpresa era que el periodista se había documentado y mencionaba la vida pasada de Kate como policía e incluso su especialidad, los niños desaparecidos.

Qué atento y considerado que lo hubiesen dejado ahí, de verdad, como si alguien lo vigilase y pensase en sus necesidades. Hojea los periódicos para ver si han comentado algo sobre su firma. Clava la hoja en la pared con una chincheta y se queda un rato admirando su obra. La había estado vigilando. La manera en que se movía. Entonces fue cuando se le ocurrió. No fue exactamente un plan. Pero se le daba muy bien. También el modo en que tuvo que improvisar con el hombre.

Un giro de muñeca. Las reordena al azar y luego las pega de modo que la imagen original sea del todo irreconocible. Recoge la obra acabada con los dedos enguantados. La idea es tan tentadora que se emociona sólo de pensarlo. Introduce el collage en un sobre, se reclina, contempla la fotografía del periódico con las alas y el halo hasta que los puntos grises que forman el rostro de Kate se desdibujan. Lucille pasó una toalla de papel por las fotografías enmarcadas de Mapplethorpe que estaban en el pasillo color marrón topo: He preparado pollo al limón para el señor Rothstein y para usted.

Y un poco de ensalada fría de pasta. No estaba segura de si se quedarían a cenar esta noche. Kate le dio las gracias y luego vio el paquete que Liz le había enviado por FedEx, se lo colocó bajo el brazo y se encaminó hacia el estudio. Para cuando Lucille asomó la cabeza para despedirse, el cielo que se veía por la ventana del estudio de Kate se había tornado de un negro azulado. Kate ya había leído dos de las monografías que Liz le había enviado: Hombres que violan, de Nicholas Groth y Entrevista conductual a las v í ctimas de la violaci ó n: Había llenado medio bloc de notas.

Primero, el intruso, la teoría de un yonqui vagabundo, no sirve. A Elena la mató alguien que ella conocía. No hay tazas sucias por ninguna parte… ni siquiera en el fregadero.

Por favor, por favor, por favor, adóptame. Seré buena, limpiaré la habitación, me lavaré los dientes. Kate se rió, rebuscó en el bolso, sacó la cajetilla de Marlboro; en el lateral había un parche de nicotina arrugado.

Pero Kate había dejado de reírse. Sostuvo la fotografía junto a la lamparilla, en el centro de la mesa. La imagen era borrosa y los colores un tanto desvaídos.

Durante unos instantes, Kate sintió algo que no había sentido en años; algo que Kate, la agente de Homicidios, solía sentir cuando sabía que andaba tras la pista de algo o cuando sabía, aunque intentara negarlo, que era imposible, que se había acabado… que el niño que había estado buscando estaba muerto.

Intentó que esa sensación no le afectase. O, seguramente, Lucille, la asistenta. Kate volvió a guardar la fotografía en el bolso y trató de olvidarse del asunto-.

Lo digo en serio. Tenemos habitaciones que nunca usamos. Me harías un favor. De todos modos, Kate, no encajo en tu mundo. En el fondo, jovencita, somos tal para cual. Y esta blusa naranja es cien por cien poliéster.

Y no me mientas… he visto tu armario. Las llaves de mi humilde apartamento. Entra y sal cuando quieras. Gorronea la comida de la nevera. Incluiré a Richard en la oferta. Acuéstate con mi sexy marido. El salvapantallas del ordenador, varios signos de dólar parpadeantes -un regalo divertido de un cliente-, irradiaba una luz verde iridiscente sobre las pilas de expedientes legales, declaraciones juradas y cartas que se elevaban sobre el brillante escritorio Knoll de Richard Rothstein como el modelo a escala de un complejo de apartamentos de muchas plantas.

A él se lo parecía. El otro día, al verla en acción en el Museo de Arte Moderno, dando una charla sobre el arte minimalista y conceptual, no pudo evitar pensar: Soy el afortunado que se marcha a casa con ella. Entonces apareció el profesor de estudios afroamericanos de la Universidad de Columbia, a quien acusaron de discriminación inversa por sus polémicas conferencias, sobre todo las que presentaban un desagradable sesgo antisemita.

Por supuesto, nadie quiso saber nada del caso. Incluso la Unión Americana de Derechos Civiles había dudado. El caso estuvo seis meses en las noticias nacionales: Gracias a esa maniobra legal Richard recibió sus honorarios habituales y una prima de siete cifras, que él y su socio, especializado en el sector inmobiliario, invirtieron en una serie de propiedades de la zona entonces deprimida de Nueva York.

Al cabo de unos años, con la bonanza económica, las vendieron a una promotora ansiosa y las siete cifras de Richard se cuadriplicaron. Poco después Richard se ocupó de un caso poco importante que ofrecía una prima distinta: La relación no comenzó de verdad hasta dos meses después del juicio… Richard tuvo que armarse de valor.

Pero la agente McKinnon era algo nuevo para el apuesto abogado. A Richard le encantaba mirarla comer cualquier cosa, no se parecía en nada a las anoréxicas con las que solía salir. Eso, y las conversaciones fluidas y el hecho de que no podían dejar de tocarse. Durante la quinta cita -en una pizzería en Queens, que Kate había elegido como antídoto a los restaurantes de lujo-, Richard le pidió que se casara con él y ella dijo que sí entre bocado y bocado de pizza pepperoni.

Sí, formaban un buen equipo, él y Kate. Se apartó del escritorio, se reclinó en la silla de oficina de felpa, se masajeó la nuca, pero no logró relajarse. Unos altavoces cuadrafónicos ocultos invadieron el despacho con un concierto de Billie Holiday. Llegaría tarde aunque saliera de inmediato. Tal vez debería ir a ver a Bill Pruitt. Aunque lo haría por Kate.

Ese día, en la reunión del consejo de administración del museo, a Richard le había faltado bien poco para levantarse de un salto, ir hasta el otro lado de la mesa, agarrarlo por la papada y estrangularlo.

Willie movía la cabeza al ritmo de De la Soul mientras se ponía la nueva cazadora de cuero negra. William Luther King Handley Jr. Se vestiría como le diera la gana. De todos modos, se la había puesto con los vaqueros negros de siempre, cuyos dobladillos deshilachados le rozaban las Doc Martens negras.

Kate, que era peor que su madre cuando se trataba de la ropa que vestía, de si comía bien o dormía lo suficiente. Kate, que había escrito sobre él en Vidas de artistas, que se había asegurado de que formara parte de la serie televisiva, que había llevado a su estudio a los primeros conservadores y coleccionistas; y Richard, que había comprado el primer cuadro y lo había regalado, con el visto bueno de Willie, claro. Kate y Richard eran eso. En cualquier caso, nunca había regresado.

El hecho de que los padres de Willie no se hubieran casado no cambiaba las cosas para la madre de Willie, Iris. La fotografía, en un marco dorado de Woolworth, siempre había ocupado un lugar preferente junto a la cama de Iris en la abarrotada casa de vecinos al sur del Bronx que compartían Willie, su hermano, su hermanita y su abuela.

Hacía seis meses que Willie había trasladado a las tres mujeres a un apartamento con jardín privado en un barrio de clase media de Queens, y la fotografía enmarcada se había desempolvado para el nuevo dormitorio de Iris. A Iris el éxito de Willie le había sorprendido. No porque no confiara en su hijo, sino porque no se imaginaba que algo semejante fuera posible.

Willie sabía que ella se enorgullecía de que a él le fueran bien las cosas y vendiera los cuadros por mucho dinero. De todos modos, Willie nunca revelaba los precios exactos que acababan de alcanzar las seis cifras , porque tal vez Iris lo habría interpretado como un gesto orgulloso y poco cristiano, aunque él pensara que nadie podría entenderlo a no ser que hubiera crecido en su familia.

Y estaba Henry, el hermano mayor de Willie. Así es como lo llamaba Iris: Aun así, Henry se las ingeniaba para aparecer cada seis meses por casa de Willie, en busca de dinero para una dosis. Pero a Willie no le apetecía pensar en Henry. No en ese momento. Las palabras resonaron en el estrecho pasillo del apartamento del Bronx, para siempre asociado con el aroma de lavanda de la abuela y con el desinfectante que la madre de Willie aplicaba por todas partes.

Entonces Willie no supo qué responder, no tenía ni idea, se trataba de un sentimiento. El recuerdo se desvaneció y emergió otro, la discusión que había tenido con Elena hacía apenas unos días. Eso es lo que soy. Es lo que me define. Una categor í a. Uno de los mejores artistas negros. Como si mi arte fuese menos importante, como si hubiera otras reglas o un criterio diferente para los artistas de color, como si no pudiera competir con los artistas blancos en el mundo del arte blanco.

Willie, aunque seguía creyendo que tenía razón, quería hacer las paces. Al fin y al cabo, Elena seguía siendo su mejor amiga, casi una hermana. La vería esa noche y arreglaría el desaguisado. Willie apagó la televisión y se quedó inmóvil, en silencio.

Sentía un gran desasosiego, una especie de tristeza incierta por la noche que se avecinaba. Agitó los hombros bajo la chaqueta, intentó sacudirse esa sensación. Fuera lo que fuese, pronto lo olvidaría. Sin embargo, ya en la calle, mientras se dirigía hacia el East Village, lo notó de nuevo, esta vez como si alguien le hubiera introducido varios microsegundos de una película en el cerebro….

Un brazo surcando el espacio. Un primer plano de una boca desencajada chillando. Todo manchado de sangre. Luego fundido en negro. Su madre, Iris, solía decir que él sentía las cosas antes de que ocurrieran. Pero hacía muchos años que no tenía una de esas visiones. Demasiados días solo en el estudio. Las bocinas atronaban; un taxista gritaba obscenidades a los obreros que sacaban pacas de restos de género de un camión atravesado en la calle como un tren descarrilado.

Era Oliver Pratt-Smythe, el artista neoyorquino que menos le gustaba a Willie, lo cual ya era decir mucho. Willie y él habían estado juntos en un programa doble en una galería de Londres hacía un par de años. Willie nunca llegó a saberlo. Tardó varios meses en sacar todos los pelos con unas pinzas. El otro día vi varios caballos casi sin pelo y me acordé de ti. Lo mezclo con mi saliva y lo extiendo siguiendo formas biomórficas. Llevaré una aspiradora gigantesca, la pondré en medio, la dejaré encendida todo el día, veré lo que aspira y lo expondré como mi arte.

Durante unas milésimas de segundo, Pratt-Smythe pareció alarmarse y luego separó levemente los labios para esbozar una sonrisita. Willie se volvió y dejó al otro artista en la esquina entre las calles Prince y Greene, a la caza de alguien al que largarle su curriculum. En la puerta principal había una nota garabateada y sujeta con cinta adhesiva:.

Pensó que Elena tenía que largarse de allí, que el renacimiento del East Village ya era agua pasada. Empujó la vieja puerta de madera y ésta se abrió con un crujido. La tenue luz amarilla de una bombilla iluminaba el vestíbulo. Willie llamó a la puerta. Kate bloqueó el volante con un dispositivo antirrobo.

Richard se enfadaría si supiese que ella aparcaba el coche en la calle, en el East Village, nada menos. Pero para Kate un coche era un coche, y sólo tardaría unos minutos, recogería a los chicos, luego iría a buscar a Richard al Bowery Bar y dejaría el coche en un aparcamiento seguro. Comenzó a subir las escaleras con paso resuelto, como siempre, pensando en la noche que se avecinaba y en su encuentro con Liz en el Four Seasons.

Un vagabundo hallado bajo varias cajas de cart ó n mohosas. Comenzó a subir los escalones de dos en dos, tropezando con los tacones, la escalera se tornó borrosa, el ominoso olor se intensificaba y embotaba los otros sentidos: Pero al final del rellano del tercer piso vio a Willie con claridad, desplomado contra la pared y la cabeza caída hacia el pecho.

Kate siguió su línea de visión hasta la puerta abierta del apartamento. Se volvió, lo miró a los ojos y, en ese terrible momento, lo supo. Se incorporó y dio los pasos necesarios hasta la puerta abierta, luchando contra aquel olor.

Kate se cubrió la nariz con el brazo, se apoyó en una pared, se volvió y vio los oscuros regueros verticales y las manchas de sangre en la otra pared, e intentó despegar los pies de la sustancia viscosa que había en el suelo al tiempo que intentaba ubicar la pierna retorcida que sobresalía por entre el fregadero y la nevera.

Y entonces vio el rostro de Elena. El hermoso rostro de Elena… o lo que quedaba de él. No pensaba mirar, no quería confirmar lo que había visto. Ahora salvo a los niños, no los pierdo. Sintió oleadas de impotencia y desesperación en su interior, y varias explosiones, como pequeños petardos, por todo el cuerpo: Tuvo la sensación de que todos los órganos hacían implosión y explotaban a la vez.

Durante unos instantes, creyó que moriría. Todo estaba limpio y ordenado. Como si no hubiera ocurrido nada en absoluto. Ni una gota de sangre en el suelo del salón ni en las paredes. No recordaba haberse movido. La colcha de retales estaba doblada al pie de la cama. Había reagrupado las notas, las había pegado y lacrado sobre fragmentos de metal y madera, y luego las había vidriado de forma que pudieran identificarse.

Era tan hermoso que Kate rompió a llorar de nuevo, y sintió que el corazón se le hacía añicos. Tragó saliva, apartó la mirada y se percató de que la reja de la pequeña ventana del dormitorio estaba cerrada con llave e intacta. En la entrada del salón vaciló, y rezó. Porque incluso con el cuerpo hinchado por los gases reconoció el rostro de Elena. Siguió con la mirada los regueros verticales de sangre que había en la pared hasta el suelo, donde Elena se había derrumbado y muerto desangrada.

Willie continuó sentado en la entrada mientras Kate terminaba de hablar con la policía por teléfono. A juzgar por la expresión de Willie, se dio cuenta de que lo estaba asustando. Pero ya había tomado la decisión. No si pensaba hacer algo al respecto. Y ese acto tan horrendo no quedaría impune. No he estado mucho tiempo dentro. De acuerdo, Kate se arriesgaría a mostrarse humana. Cualquier cosa que la mantuviese con vida-.

Debe de haber alguien que haya visto algo. En el apartamento del primer piso volvió el anillo de diamantes hacia la palma y llamó a la puerta con el puño. Las sirenas ya se oían en el exterior del edificio. La anciana tomó la decisión por ella al cerrar de un portazo. Fuera lo que fuese lo que iba a decir era asunto de la policía. El rellano que conducía al apartamento de Elena estaba repleto de polis.

El equipo técnico había descendido como un grotesco ejército de cucarachas gigantescas, infestando todos los rincones. Kate miró por la puerta.

Acto seguido, comenzó a inspeccionar bajo la blusa empapada de sangre de Elena, y la fina capa de algodón manchado empezó a agitarse como si un alienígena estuviera a punto de surgirle por el torso. Kate trató de hacer su declaración sin llorar ni gritarle a un agente tan joven que podría ser su hijo.

Al final del pasillo, iluminado por una bombilla que colgaba de una cadena, un hombre uniformado hablaba y se inclinaba sobre otro que llevaba una pajarita. A juzgar por la actitud del tipo, a Kate le pareció un detective. Kate aguzó el oído para escuchar lo que decía el tipo del uniforme. Kate prosiguió con los hechos: Hac í a dos, no, tres a ñ os. Justo antes de que todo empezara a sonre í rle, cuando estaba dispuesto a darse por vencido, dejar de pintar y buscarse un trabajo de nueve a cinco.

Willie a punto de llorar. Lo que haces es importante, Willie, pintar. Af é rrate a eso. Hab í a revivido la belleza de ese instante en varias ocasiones, cuando se sent í a frustrado y con ganas de dejarlo. Willie estaba inmerso en ese momento perfecto con Elena, intentando desesperadamente aferrarse al mismo. La manzana se había abarrotado de curiosos.

Un par de uniformados los mantenían a raya. Muchos coches de policía, mal aparcados, con las luces encendidas. Tendría que haber insistido para que Elena se largase de ese barrio miserable. Pero Elena siempre hacía lo que quería. Willie golpeó la pared con el puño y no sintió dolor. Era el tipo que estaba en el rellano superior, con un bloc de la policía de Nueva York, mirando a Willie de hito en hito.

Tendría unos treinta y cinco años, con un corte de pelo tipo cepillo, e iba de paisano… si es que llevar una pajarita granate con un estampado de cachemira se le puede llamar ir de paisano. Soy amiga de la comisaria Tapell. Mientras, no cesaba de chasquear la lengua, como si intentara despegarla del paladar. Jefe de Homicidios, equipo Operativo Especial. Mi especialidad era homicidios y personas desaparecidas. Willie se mantuvo en silencio, mirando a Kate, con una expresión de impacto o conmoción.

Espérame en el coche, Willie. Kate condujo a Mead hasta la entrada del edificio de Elena. Mead chasqueó la lengua como una serpiente cabreada. Ya se lo he dicho. Había quedado con él aquí. Y la chica… -Kate se atrancó durante unos segundos. Sentía las emociones preparadas en los cajones de salida, agitando los talones como unos purasangre inquietos. Y Elena -dijo con calma- ya llevaba muerta un buen rato.

Sé que es su trabajo. Sólo quiero ayudar, explicar varias…. Pero creo que a partir de ahora podré ocuparme de todo. Las manos le temblaron junto a los costados durante un largo minuto. Pero no perdió la compostura. En realidad, toda esa ira acumulada, a punto de estallar, la asustaba mucho. Logró ocupar las manos con el móvil. Tampoco tuvo suerte con su móvil. Mead aprovechó la oportunidad para largarse a hablar con un par de uniformados, luego se volvió y soltó:.

Necesitamos declaraciones de los dos. Willie no había oído lo que Mead y Kate habían dicho, pero no parecía agradable: Mead había señalado en su dirección y luego había murmurado algo a los dos uniformados.

Willie intentó hacerle una seña a Kate, pero ella ya había vuelto a entrar en el edificio. Willie no tenía ni idea de lo que hacían dentro. Willie puso en marcha el coche de Kate, encendió la radio y buscó algo con lo que distraerse.

Babyface, cantando suavemente una ñoña balada de rhythm and blues sobre hacerse padre. Aquello bastó para que Willie pensara en el padre al que nunca había conocido. Willie nunca se lo preguntó a su madre -ella no tenía ni idea de dibujar-, pero suponía que de alguien lo habría heredado.

Le sobresaltó el ruido de un teléfono de la policía. Un poli en un coche patrulla, junto a él, ofreciendo los detalles:. Cada vez que ella se estira para ver mejor la escena del crimen, le clava en el muslo el bolso de paja. Justo entonces, Kate sale por la puerta y, en silencio, casi imperceptiblemente, salvo para él mismo, jadea. Retrocede un par de pasos y deja que la muchedumbre ansiosa de emociones le haga de escudo.

Kate le dio una calada al Marlboro, con los ojos puestos en la multitud, pero sin mirar. Como cuando se acciona un interruptor, la nube se alejó de los ojos de Kate. Recorrió la multitud con la vista. Pero ya era demasiado tarde. Él ya ha desaparecido, la muchedumbre lo ha engullido.

Ya no la ve. Pero no pasa nada. Tiene que ponerse en marcha. Si supiera lo que le espera. Vas a gastar la batería. Willie abrió la boca como para decir algo, pero no articuló sonido alguno. Parecía que rompería a llorar de un momento a otro. Una parte de ella tenía ganas de abrazarle y llorar durante el resto de su maldita vida. Pero no podía correr ese riesgo. No en ese momento, no delante del edificio de Elena, rodeados de una docena de coches de la policía y tres docenas de polis.

Y no si pensaba investigar lo suficiente como para obtener algunas respuestas. Algo que tengo que… necesito hacer. Llamaré a Richard y le diré que vaya a buscarte a la comisaría. Límpiate la sangre de las zapatillas. Si había algo que no soportaba eran las cosas fuera de sitio, sobre todo uno de sus queridos cuadros.

Por aquel entonces estaba en el consejo de administración del museo y consiguió un precio excelente porque el museo necesitaba dinero con urgencia. Por Dios, ni que hubiera colocado dinamita en la planta baja del museo. Se rió y agitó la mandíbula. Se rió porque suponía que la mayoría de las personas pensaba que el estirado era él. Un gusto ecléctico, eso era lo que él tenía. Tardó un par de minutos en quitar la cinta de embalaje con sus dedos torpes; otro minuto para la protección de burbujas.

Los ojos se extasiaron con el delicado grabado que había en el fondo de pan de oro que rodeaba las cabezas de la Virgen y el Niño. Esta vez había sido una pequeña rectoría de la Toscana la que estaba necesitada de dinero. La pena era que los aguafiestas de las autoridades italianas ya no consintiesen la venta de las antigüedades del país.

Claro que ése era su problema. Pruitt se acomodó en la silla giratoria de cuero, le dio una calada al habano liado a mano y exhaló varias nubecitas de humo hacia el techo enlucido y ornamentado de su sala favorita: Era una estancia masculina, todo en cuero oscuro y caoba.

Al principio, le había gustado su actitud agresiva. Pero no duró mucho. Pruitt apreciaba el esmero, la atención al detalle. Ya nadie tenía principios. No a corto plazo, eso lo tenía claro. Todavía no había decidido qué haría con él, conservarlo o… Bueno, ya se vería. Se puso de pie, sintiendo el efecto de los dos o tres martinis diarios, el foie-gras al menos una vez por semana, las trufas negras cuando era temporada, blini y caviar con la mayor frecuencia posible. Se aproximó para observar las venas rojo azulado que se entrecruzaban en el extremo de su protuberante nariz.

Se había entretenido demasiado con el retablo y cavilando sobre su peso y ya no le quedaba tiempo para darse un baño. Bueno, ya se bañaría cuando volviera a casa. Esa noche le esperaba la marcha desenfrenada en el Dungeon. Se moría de ganas de que llegara la hora. Y ya era hora, sobre todo teniendo en cuenta que Pruitt le había hecho la vida imposible en el museo desde que la habían nombrado presidenta del consejo.

Ahora podría elegir al director, que, desde luego, no sería Perez, ese hispano arribista, ni tampoco Schuyler Mills. A Pruitt le daba absolutamente igual que Mills hubiese trabajado diez, veinte o dos mil años de conservador. Su buen amigo el senador Jesse Helms estaba metido en algo, eso seguro. Pero Pruitt no estaba allí por eso. Tras terminar el nudo Windsor de la corbata de Yale, observó su sonrisa de satisfacción reflejada en el espejo del antiguo armario de nogal.

Se ajustó la corbata debajo de la papada. Sí, a veces la vida era dulce. En la sala de interrogatorios gris y sin ventanas uno perdía la noción del tiempo. Kate consultó la hora. Casi las diez de la noche. Kate tenía la sensación de que el tiempo se había roto, de que ese día dividiría su vida en dos partes: No obstante, logró hacer lo que se le exigía: Durante unos instantes, le sobresaltó su propia imagen.

Después de todo, ése había sido su papel durante diez años, la poli al otro lado del espejo, juzgando, observando cualquier gesto, sopesando la culpabilidad o inocencia de alguien.

Se sentía desplazada, alienada y, al mismo tiempo, extrañamente a gusto. Conocía a la perfección la vida en comisaría, la teatralidad, la mezquina competitividad por el poder, el compañerismo de los días buenos frente a los malos. Y, no obstante, en aquellos instantes, todo aquello, incluidas las anodinas paredes beige y los malditos fluorescentes, le resultaba… tranquilizador. Podría haber sido la vieja comisaría de Astoria.

Otro vistazo al espejo. Kate se miró con aires de complicidad. Sólo tenía que quitar la primera capa para que todos vieran la verdad: Era imposible que sospechasen de ella. Formaba parte de la rutina. Así se hacían las cosas. Siempre se habían hecho así: Pero ya estaba harta. Pero es hora de que Willie y yo nos vayamos a casa. Ha dicho que llegó al apartamento de la víctima a eso de….

Ya he respondido todas esas preguntas. Le agradecería que la leyera y así todos nos ahorraríamos bastante tiempo. Soy yo, Kate Rothstein. Siento llamar tan tarde, pero… Oh. Ya lo sabes… -Se le apagó la voz-. Sí, estoy aquí, en la comisaría de la Sexta, respondiendo preguntas. La comisaria Tapell quiere hablar con usted.

Tapell dice que debería ir a verla de inmediato. Al cabo de unos minutos estaba dentro de la casa, esperando, observando las estanterías de suelo a techo llenas de revistas de derecho, monografías y todos los libros de criminología habidos y por haber.

A Kate le parecía que la librería encajaba perfectamente con Tapell. Ya en Astoria, cuando Tapell dirigía la comisaría y Kate era una de las polis, Tapell se entregaba en cuerpo y alma al trabajo.

Las dos habían congeniado de inmediato. Para entonces, Kate ya había abandonado el cuerpo y había comenzado a mover los hilos en el círculo de élite de Nueva York, en el que figuraba el alcalde.

La puerta del despacho de la comisaria se abrió. Dos hombres corpulentos con trajes que les quedaban mal -detectives, supuso Kate-, flanqueaban a la comisaria.

Kate observó las dimensiones esculturales de Tapell como si fuera la primera vez que la veía: Aparte del pintalabios marrón rojizo que destacaba sus labios esculpidos, resultaba difícil discernir si llevaba maquillaje o no. Hizo un gesto con la cabeza a los agentes, quienes se marcharon de inmediato-.

Han disparado a un hombre que estaba en una cabina telefónica desde un coche en marcha, en la parte alta de Madison Avenue, nada menos. Kate, siento mucho lo de… tu Elena. Y también lo siento si la policía te ha hecho pasar un mal rato. Hablaré con Randy Mead. Tapell se dispuso a replicar, se lo repensó, cruzó la habitación, pasó la mano por el revestimiento de paneles de madera. Al volverse, tenía el rostro desdibujado por el dolor.

Y muy buena, joder. Pero eso fue hace mucho. Kate cerró los ojos, intentó visualizarlo de nuevo -la habitación sobria, los cojines en el suelo, el cuerpo de Elena-, pero en esta ocasión la imagen no se presentó. Me apegué a la mitad de los niños desaparecidos a quienes encontré, y lo sabes.

Y en esta ocasión también tengo una intuición. Hazte un favor, Kate. Vuelve a casa con tu maravilloso esposo y dile que la comisaria ha prometido ocuparse de todo esto… y lo haré. Vete a casa, Kate. El hielo del segundo vaso de whisky escocés de Richard Rothstein se había derretido. Miró la esfera iluminada de su reloj: Se preguntó si en el restaurante le habrían dado su recado a Kate, y si ella estaría molesta.

Seguramente, le habría llamado al móvil, el que estaba recargando en esos momentos porque la batería se había agotado hacía unas horas. Se acercó a las ventanas. Abajo, en alguna parte de Central Park West, resonó una sirena. Al otro lado del parque, los tejados abuhardillados y ornamentados de los hoteles de la Quinta Avenida dibujaban una geometría caprichosa contra el cielo oscuro. De todos modos, sabía que aunque Kate estuviera enfadada con él le perdonaría que no hubiera acudido.

Kate, pensó, le perdonaría casi cualquier cosa. Se desmoronó sobre su esposo sin dejar de sollozar. Richard dejó que llorara. Durante todos los años que habían vivido juntos, casi nunca la había visto llorar. Pero ni siquiera entonces de este modo. Pasaron otros diez minutos antes de que se calmara y le explicara el encuentro con Tapell. Richard la miró con incredulidad mientras se dirigía hacia el bar de caoba tallado a mano. Se pellizcó el puente de la nariz y frunció el ceño.

Voy a necesitar todo tu apoyo. Richard vaciló durante unos instantes, luego cerró sus dedos en torno a los de Kate. Se mantuvieron en silencio bajo la tenue luz del salón, y entonces Kate recordó que había estado intentando localizarlo durante varias horas. Por Dios, lo siento mucho, cariño. Si lo hubiera sabido…. Entonces volvió a ver la cara de Elena, destrozada, abotagada. Kate se dejó caer en la enorme cama blanca y cerró los ojos.

En ese caso había errado por completo. Dos terribles días en los Hampton. Kate nunca sabría cómo era posible que Richard la hubiera convencido de que le vendría bien marcharse unos días y pasear por la playa paradisíaca enclavada junto a las dunas de su casa de East Hampton. Cuando no estaba llorando, la cólera la consumía. Mierda, conocía perfectamente el valor del tiempo en la investigación de un asesinato.

Aunque Richard había insistido en que poco o nada podría hacerse durante el fin de semana, a Kate le preocupaba que, a pesar de la promesa de Tapell, nunca se hiciese nada.

Después de que Richard se hubiera marchado al despacho -ella le había asegurado que estaría bien-, Kate había comenzado a organizar su pequeño estudio, apilando de forma metódica los documentos que habían estado esparcidos por el escritorio de madera de estilo Biedermeier. Primero, la investigación sobre historia del arte. Copias impresas de todas las conferencias que había dado, decenas de reproducciones con notas escritas a mano, revistas de arte, publicaciones periódicas y revistas, y cientos de postales de arte.

Gracias a Dios que tenía el armario archivador. No es que pensara organizar todo aquello, pero al menos era un lugar idóneo para guardarlo. Todo aquello parecía completamente absurdo. Tiró los papeles a la papelera de plata antigua, uno de los muchos regalos que Richard le había hecho cuando montó el estudio. Kate cerró los ojos e intentó reconstruirla, pero fue en vano.

Sin duda alguna, habría nuevos hallazgos, nuevos estudios. Suficiente para llenar la biblioteca del Congreso. Este fin de semana he hecho varias anotaciones sobre lo que vi en la escena del crimen de Elena. Tal vez fue un intento de violación. Kate le dio las gracias a su amiga, colgó, rebuscó el tabaco en el bolso y encontró una cajetilla vacía. Esta vez, Kate la observó con detenimiento.

Elena con birrete y toga, Kate a su lado; el día de la graduación del instituto, hacía cinco, no, seis años. De hecho, Kate creía que tenía una muy parecida. Intentó recordar aquel momento frente al Instituto George Washington. Richard tomó la fotografía. Elena le envió una copia. Entonces, la que tenía en la mano debía de ser la original. Habían aplicado una película fina, del color de la piel, sobre los ojos de Elena de modo que parecía tenerlos cerrados, como si estuviera ciega, muerta, como un cuadro surrealista y espeluznante de Dalí.

Kate, como si hubiera recibido una descarga eléctrica, dejó caer la fotografía. Sin embargo, a los pocos segundos la estaba mirando de nuevo con una lupa. Una obra minuciosa y detallista. Algo que debería analizarse en el laboratorio, aunque ahora las huellas dactilares ya se habrían emborronado. Sintió un escalofrío, como si una araña se arrastrase por su brazo. Kate sabía que algunos psicópatas sentían la necesidad de participar: No he dejado de dar vueltas en la cama todo el fin de semana.

No he pegado ojo. He acabado con mis existencias de Valium. Estoy hecha un desastre. A Kate le apetecía decirle: Ésa es la Kate que conozco. Sabes que odio molestarte en un momento así, pero tenemos que atar un par de cabos sueltos.

Blair tenía suerte de que Kate no se le tirara a la yugular. Incluso apoyado en un bastón aquel hombre era inconmensurable. De casi un metro noventa, el pelo completamente cano y ojos azules. El elegante traje de lana era inglés, los zapatos italianos, pero su pasado -hijo de un arrendatario pobre aficionado a construir aviones de modelismo que al hacerse mayor fundó una empresa de construcción de aviones y amasó una fortuna- era del todo americano.

Sin embargo, Arlen James no era un capitalista al uso. Tenía conciencia y la ponía a trabajar. El lunes por la mañana ella acudió al despacho de James. Bueno, varios, Michael Jordan, pero a la mayoría de los niños aquella pregunta les desconcertaba.

Hacerse grande ya era un auténtico reto. Por supuesto, Willie respondió. Kate esperó mientras la niña de doce años y ojos oscuros le daba vueltas a la respuesta. Al final del día, había convencido a Richard para que adoptase a la clase entera, para ayudar a todos y cada uno de ellos durante el instituto y, con suerte, también en la universidad. La decisión cambió para siempre la vida de Kate.

Arlen James la rodeó con el brazo y Kate se sintió segura. Pero ése era todo el consuelo paternal que era capaz de aceptar. Los recuerdos de su propio padre la acosaron, las pataletas, las palizas. No quería pensar en eso en aquellos momentos. Arlen asintió, aunque a Kate le preocupaba que no estuviera tan bien como aparentaba. Varias visitas recientes al médico y conversaciones sobre un marcapasos le habían hecho recordar, no sin dolor, la edad de Arlen, y el hecho inevitable de que ese hombre al que tanto quería no dirigiría la fundación eternamente.

James comenzó a toser y las venas de la frente formaron un relieve sobre el rostro enrojecido. Y no soy multimillonario, por todos los santos. Una de esas historias de Buscando al Sr. La mujer elige a un hombre. Eso no es todo. Una fuente policial no identificada ha sugerido que la fundación benéfica ha intervenido para proteger a uno de los suyos.

Pero no, era verdad. En primera plana, nada menos. Quienquiera que dijera que una cultura recibe lo que se merece no andaba desencaminado. Sabía que no debería comprarlo, pero, qué diablos, ya le habían fastidiado el día. Debajo del titular rezaba: Tres fotografías con mucho grano: Sin embargo, la verdadera sorpresa era que el periodista se había documentado y mencionaba la vida pasada de Kate como policía e incluso su especialidad, los niños desaparecidos.

Qué atento y considerado que lo hubiesen dejado ahí, de verdad, como si alguien lo vigilase y pensase en sus necesidades. Hojea los periódicos para ver si han comentado algo sobre su firma.

Clava la hoja en la pared con una chincheta y se queda un rato admirando su obra. La había estado vigilando. La manera en que se movía. Entonces fue cuando se le ocurrió. No fue exactamente un plan. Pero se le daba muy bien. También el modo en que tuvo que improvisar con el hombre. Un giro de muñeca. Las reordena al azar y luego las pega de modo que la imagen original sea del todo irreconocible. Recoge la obra acabada con los dedos enguantados. La idea es tan tentadora que se emociona sólo de pensarlo.

Introduce el collage en un sobre, se reclina, contempla la fotografía del periódico con las alas y el halo hasta que los puntos grises que forman el rostro de Kate se desdibujan.

Lucille pasó una toalla de papel por las fotografías enmarcadas de Mapplethorpe que estaban en el pasillo color marrón topo: He preparado pollo al limón para el señor Rothstein y para usted.

Y un poco de ensalada fría de pasta. No estaba segura de si se quedarían a cenar esta noche. Kate le dio las gracias y luego vio el paquete que Liz le había enviado por FedEx, se lo colocó bajo el brazo y se encaminó hacia el estudio. Para cuando Lucille asomó la cabeza para despedirse, el cielo que se veía por la ventana del estudio de Kate se había tornado de un negro azulado.

Kate ya había leído dos de las monografías que Liz le había enviado: Hombres que violan, de Nicholas Groth y Entrevista conductual a las v í ctimas de la violaci ó n: Había llenado medio bloc de notas.

Primero, el intruso, la teoría de un yonqui vagabundo, no sirve. A Elena la mató alguien que ella conocía. No hay tazas sucias por ninguna parte… ni siquiera en el fregadero. Pero tengo la impresión de que la cosa pasó al sexo antes del café. Tal vez empezara de forma consensual, pero no llegaron al dormitorio. La cama estaba hecha. Obviamente, algo salió muy mal. Tengo que encontrar el modo de leer el informe forense para saber si violaron a Elena o no. Ahora eres mi esposa. Richard se incorporó de inmediato.

Le rodeó los hombros con un brazo y la cintura con el otro. Durante unos instantes, Kate interpretó el papel de la niñita, un papel que había tenido que abandonar a una edad muy temprana. Por un momento pensó en enseñarle la escalofriante fotografía del día de la graduación, pero no, no en ese momento. No quería echarlo a perder. Creo que necesito olvidarme de todo. En el dormitorio, Kate pulsó el panel de mando musical, eligió a Barbara Lewis, su cantante favorita del sello Motown, y cantó al unísono Helio Stranger mientras se quitaba el jersey por la cabeza.

Richard seguía de pie. Se soltó el cinturón. Kate se quitó los pantalones de sport y se recostó sobre la nube blanca de almohadas. Le levantó la cabeza a Richard con cuidado, lo miró a los ojos azules, lo besó en los labios. Kate cerró los ojos: Richard tenía una mano en su pecho, jugueteando y endureciendo el pezón. El rojo pasó a color ciruela intenso, coagulado en forma de regueros verticales en el oscuro teatro de su imaginación. Un fogonazo… la luz estroboscópica de un fotógrafo.

Kate abrió los ojos compulsivamente. El rostro de Richard en primer plano: Kate volvió a cerrar los ojos. Sí, así, eso es lo que quería. La mano de Richard le acarició el muslo, los dedos rozaron las bragas de encaje y luego se deslizaron por debajo. Pero entonces la oscuridad se había iluminado. Kate abrió los ojos de golpe. Se le cortó la respiración. Sí, no pasaba nada. No le pasaba nada. Mantendría los ojos abiertos, eso era todo.

Escogería objetos en la oscuridad, los miraría hasta que las formas se tornaran visibles, claras: Una mujer con un traje pantalón marrón se materializó de la nada y apuñaló a la forma abultada con una mano enguantada. Dio un grito ahogado cuando Richard la penetró. El cuerpo de él se movía con suavidad sobre el suyo y su pene era un pistón decidido.

Willie observó el remitente y abrió lentamente el sobre acolchado. Dentro había una hoja de papel blanco y un libro. Se fijó en la fecha: Sabes que te quiero y te apoyo. Lo que te dije se debía a mi experiencia como mujer hispana, seguramente muy distinta de la tuya, aunque lo dudo oh-oh, otra vez a las andadas.

Pensé que te gustaría este libro de poesía, es de Langston Hughes. Ya nos habremos besado y reconciliado antes de que leas esto. Willie colgó la carta de la pared del estudio. La pintura se estaba secando en la paleta de cristal de Willie. Willie estaba seguro de una cosa: Lo había mantenido con vida durante todos los años que pasó en las viviendas subvencionadas, y volvería a salvarle. Sabía que eso sería lo que Elena le diría si estuviera allí. Sacó un largo pincel de cerda de un bote de café de Maxwell House y lo deslizó por la pintura roja de cadmio.

Willie no tenía ni idea. Estaba absorto en el cuadro. El rap de Notorius B. Pero el maldito timbre volvió a sonar, una pulsación prolongada seguida de cuatro entrecortadas. Willie dejó los pinceles en la paleta. Parecía mucho mayor de lo que era, por lo menos diez años mayor que Willie en lugar de tres. Nadie diría que eran hermanos. Incluso de niños eran completamente distintos. Henry se apoyaba en un pie y luego en otro, nervioso, inquieto.

Se sentó en una de las sillas de madera de la cocina de Willie. Vio a su hermano servirse un trago y bebérselo. Willie sabía que tenía el mono. Las cosas no me han ido tan bien como a ti. Pero ya no quería moverse, así que tuvo que escuchar a Notorious B.

Nadie me ha regalado nunca nada parecido. Kate se lo había regalado por su cumpleaños. Sólo me quedo la mitad. La galería lo reparte todo a medias. Parece que el timo de ellos es mejor que el tuyo. Willy asintió con poco entusiasmo. Otro de los carteles dice " Won now ", " Gane ahora ".

Un palíndromo perfecto en inglés. Caixabank y Microsoft han convocado un premio llamado así, " Won now ", dirigido a premiar a mujeres científicas. La capital del país es un destino obligado para cualquier turista. Aunque es bulliciosa, caótica y con un ritmo de vida trepidante, la experiencia de estar en sus calles vale muchísimo la pena. Famosa por ser uno de los principales centros de peregrinación del país, esta ciudad ofrece a los turistas la siempre placentera experiencia de bañarse en las aguas del río Ganges, en cuyas orillas también se pueden apreciar numerosos ritos funerarios de la tradición hinduista.

La primera de ellas tiene 12 millones de habitantes y allí puedes toparte con rascacielos de hormigón o con museos autóctonos. Destacan también los jardines colgantes de Malabar Hill.

Allí puedes disfrutar de playas, agua clara, bosques de jaca y hasta de una ruta por las Montañas Azules, las cuales dan lugar a las maravillosas cataratas de Athirapally. Publicado por Vanessa Brewster en Dejando aparte las cuestiones políticas, el asunto nos retrotrae a la vieja cuestión del orden del adjetivo en español. Pero en " políticos presos ", el sustantivo es " políticos " y el adjetivo, " presos ".

El cambio de significado es tan espectacular que suele provocar trifulcas políticas. Las presuposiciones son aquellas cosas que no se explican en un texto porque se confía -se presupone- que todo el mundo sabe lo que significan.

Completamos este post con las aportaciones del Prof. Charles Fillmore y George Lackoff son los principales estudiosos de la teoría de presuposiciones , implicaturas e inferencias. Todas juegan con la connotación y la figuración. Despues de ser perseguidas por la policía, y acorraladas cerca del Gran Cañón, toman una dura decisión. Publicado por titaMC en Brad pitt , louise , Oscar , pelicula de carretera , thelma. Cuando éramos pequeños y alguien decía esa palabra, solíamos pensar en personajes como Superman , Spiderman , Batman Esos grandes superhéroes que luchan contra temibles villanos y siempre vencen.

Pero cuando crecemos, comenzamos a pensar en médicos, grandes científicos, personas que luchan por lo que creen Lo hacen gratis, por amor. Amor a sus hijos. Nuestra madre tiene que cargar con nosotros durante nueve meses, a excepción de los que vienen con prisa.

Le provocamos vómitos, dolor, malestar Vamos, que casi viven por nosotros. Luchan contra los monstruos de los armarios, de debajo de las camas Incluso los que se ocultan en la oscuridad. No sé cómo lo hacen, pero siempre acaban venciendo. Luego, cuando crecemos, tienen que soportar nuestros cambios de humor adolescente, nuestros enfados, corazones rotos y problemas que ni los propios jóvenes entienden Eso sin mencionar que cada vez que nos vamos de viaje, salimos de noche Pasan algunos de los peores momentos de sus vidas.

No saben si estamos bien, temen que nos pueda ocurrir algo. Vamos, que se pegan la vida estresados y preocupados. Aunque eso no es lo mejor de todo, sino que a pesar de que nos enfademos con ellos, les gritemos o les digamos que no nos entienden, ellos no dejan de querernos.

Eso sin mencionar que la mitad de las veces no les damos ni las gracias por todo lo que hacen Sin duda alguna, ser padres es un verdadero reto. Un trabajo para el que no existe un grado medio, superior No hay una facultad de padres. Nadie va a venir a enseñarte. Es algo que nace desde dentro. Y una vez que lo tienes, solo puedes intentar dar lo mejor de ti, por el bien de tu hijo. Ya no pueden hacer todo lo que les gustaría porque tienen que cuidarnos hasta que seamos capaces de hacerlo por nosotros mismos.

Se aseguran de que han hecho todo lo posible para que nuestro futuro sea feliz. Sin embargo, nuestros padres no son perfectos, y quien diga lo contrario miente. No existe la perfección. Ni siquiera para los héroes. Aunque eso es precisamente lo que los hace tan especiales, que a pesar de todos sus errores siempre intentan hacer lo mejor por nosotros, a pesar de que no sea la mejor opción para ellos. Siempre seremos lo primero.

Incluso que no anden por ahí en mallas ceñidas y salvando al mundo con sus poderes. Pero eso no les quita lo valiente. Por todo a lo que renuncian. Pues no hay mayor poder que el amor. Todo muy bonito, emotivo, entrañable. Como algunos alumnos me han dicho que les gustaron mis palabras, las pongo aquí para que queden de recuerdo de un gran día y de una gran promoción.

En este tiempo, os he dado clase de Lengua, de Literatura y, a veces, hasta de conversación sobre la actualidad o sobre las cosas de la vida. Sobre lo humano y lo divino. A Bélgica, a Madrid. Hemos ido juntos a ver obras de teatro. Os he enseñado y me habéis enseñado, así que para mí es muy gozoso estar aquí, ahora, dirigiéndoos unas palabras en este momento final de vuestro paso por el instituto.

Como soy profe de Lengua, hay tres palabras que quiero destacar aquí y ahora, ante vosotros y vuestras familias, ante vuestros profesores y amigos. El proyecto es lo que nos impulsa hacia adelante, el que hace que encadenemos nuestras acciones de un modo coherente, para lograr un determinado fin. Es así como se consigue llevar adelante el proyecto. Y el proyecto es el que nos permite conquistar el futuro. Sin él, no podemos seguir. Así que, adelante, buen proyecto y buen camino. Lo que os salga de dentro, lo que os satisfaga a vosotros, no a las personas que os rodean.

Debéis pensar en vosotros mismos, no en las cosas que la sociedad o el mercado o el sursum corda dicen que tienen salida. Pero sobre todo debéis escucharos a vosotros mismos. Y ella es la que hace posible que cada uno de nosotros demos lo mejor de nosotros mismos.

Sin vocación, los proyectos se derrumban. Pero no lo digo en sentido escolar, que es al que estamos acostumbrados, sino en sentido filosófico y vital. Necesitamos una cultura de la evaluación. Evaluar cuanto hacemos, hacer un balance de resultados entre lo que hemos pretendido y lo que hemos alcanzado. Gracias a la evaluación, podremos reequilibrar nuestro proyecto, adaptarlo, reajustarlo, cambiar el rumbo si es preciso.

La evaluación tiene mucho de crítica exterior e interior.

Basta con preguntarle a cualquier adolescente de quince años con una pistola en la mano y te dirá el poder que .. 2 mordazas de seda Una autostopista. Mas alla de fugaces fanta sias eroticas adolescentes asociadas al bondage y a que le impidieran y carcelero (con la variante punk y wol/,1 y tambien autoestopista y hombre maduro lascivo. cuerda, cadenas, esposas y mordazas). Cat es una adolescente que se ha pasado casi toda su vida viajando de un lado a otro con su padre. .. Mientras, ambas mujeres se encuentran con TJ, un autoestopista que acaba robándoles La Ley Mordaza ¿Qué es lo que sanciona?.

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